Apenas es la lluvia la que hace ruido ahí fuera. Tampoco es el frío.
Es el vacío de esta noche.
Es el miedo que tengo de acordarme de ti. De meterte otra vez en mi cabeza. De meterte aquí dentro.
No son los días que cada vez pasan más deprisa. No es tu reloj, aburrido de ver como busco en él tu olor.
No es esta noche, ni de otoño ni verano, ni siquiera es la hora.
No eran tus abrazos. Poliédricos. Hondos. Estrechos.
Era el hecho de que siempre había aceptado que enamorarse es de valientes. Y a mi la valentía no me toca.
Pero todavía estoy ahí. Desvelándome entre tus sábanas. Buscando un sueño que me encuentre.
Todavía estoy ahí, pero tú faltas.
Si tuviera que escribirte algo, unas líneas, un cuento, una tontería, no lo haría.
Me acurrucaría en los kilómetros que te tienen tan lejos, me la jugaría a cada palabra, tendría que buscar un adjetivo para definir la ingenuidad de cada recoveco de tu cuerpo. No lo haría.
Es así de sencillo, me perdería por el camino.
Apenas era todo tan sencillo.
Me propuse disimular este miedo. Creía que no hay un dos cuando las probabilidades son cero, que la rutina, mi rutina, está tan aburrida que no se molestaría en repetirse. Creía que el tiempo pasaría igual que pasa todo lo que no tiene sentido. Que tú te quedarías allí más acompañado que nunca, y yo aquí, sola con mis ganas.
Al principio morí. Morí y aprendí.
Aprendí que aunque una herida se cierre, va a seguir doliendo si buscas parches baratos que la escondan. Aprendí que no hay dos iguales, que algo mejor es solo cuestión de suerte. Que la suerte es errónea y lleva tu nombre, además sabe cerrar ventanas y puertas.
Pero mi suerte fue que te dejases las llaves puestas.
Es el vacío de esta noche.
Es el miedo que tengo de acordarme de ti. De meterte otra vez en mi cabeza. De meterte aquí dentro.
No son los días que cada vez pasan más deprisa. No es tu reloj, aburrido de ver como busco en él tu olor.
No es esta noche, ni de otoño ni verano, ni siquiera es la hora.
No eran tus abrazos. Poliédricos. Hondos. Estrechos.
Era el hecho de que siempre había aceptado que enamorarse es de valientes. Y a mi la valentía no me toca.
Pero todavía estoy ahí. Desvelándome entre tus sábanas. Buscando un sueño que me encuentre.
Todavía estoy ahí, pero tú faltas.
Si tuviera que escribirte algo, unas líneas, un cuento, una tontería, no lo haría.
Me acurrucaría en los kilómetros que te tienen tan lejos, me la jugaría a cada palabra, tendría que buscar un adjetivo para definir la ingenuidad de cada recoveco de tu cuerpo. No lo haría.
Es así de sencillo, me perdería por el camino.
Apenas era todo tan sencillo.
Me propuse disimular este miedo. Creía que no hay un dos cuando las probabilidades son cero, que la rutina, mi rutina, está tan aburrida que no se molestaría en repetirse. Creía que el tiempo pasaría igual que pasa todo lo que no tiene sentido. Que tú te quedarías allí más acompañado que nunca, y yo aquí, sola con mis ganas.
Al principio morí. Morí y aprendí.
Aprendí que aunque una herida se cierre, va a seguir doliendo si buscas parches baratos que la escondan. Aprendí que no hay dos iguales, que algo mejor es solo cuestión de suerte. Que la suerte es errónea y lleva tu nombre, además sabe cerrar ventanas y puertas.
Pero mi suerte fue que te dejases las llaves puestas.
Me río si pienso en la vida, la puta de la vida, que esperaba el momento justo para colocarte frente a mi otra vez. Así las vueltas en la cama comenzaron a tener sentido si abría los ojos y te tenía ahí.
Vendí toda mi
entereza a cambio de que el tiempo corriera despacio y tuviera sentido. Me lo
jugué todo a un par de noches, me olvidé de que después me tocaría dejarme
morir por los kilómetros. Se me olvidó todo lo coherente. La cuestión era
disimular el vuelo al contacto con tu cuerpo.
Eres de los que al llegar no mira.
Pero revoloteas sin fijarte, sin quererlo, pero quieres.
Eres de los que hacen que quieran beber el aire por que toques, por que mires.
Mi instinto me dijo que era el momento de esconderme en el hueco de tu cuerpo que se ondulaba sobre mi.
Y no frené.
Un segundo antes de la colisión seguía disfrazada de ti. No estaba lista para despedirme.
Yo quería seguir durmiendo contigo. Quiero seguir escondida entre las sábanas y tus brazos.
Que se muera el mundo, yo quiero estar ahí.
Y en toda despedida hay un vacío. Un silencio incómodo, un quizás que no tiene sabor ni color ni olor ni nada.
Nadie dice lo que hay que decir.
Nadie sabe no quedarse a medias.
Me morí de ganas de decirte lo que te iba a echar de menos.
Pero revoloteas sin fijarte, sin quererlo, pero quieres.
Eres de los que hacen que quieran beber el aire por que toques, por que mires.
Mi instinto me dijo que era el momento de esconderme en el hueco de tu cuerpo que se ondulaba sobre mi.
Y no frené.
Un segundo antes de la colisión seguía disfrazada de ti. No estaba lista para despedirme.
Yo quería seguir durmiendo contigo. Quiero seguir escondida entre las sábanas y tus brazos.
Que se muera el mundo, yo quiero estar ahí.
Y en toda despedida hay un vacío. Un silencio incómodo, un quizás que no tiene sabor ni color ni olor ni nada.
Nadie dice lo que hay que decir.
Nadie sabe no quedarse a medias.
Me morí de ganas de decirte lo que te iba a echar de menos.
Pero me convertí en
aeropuerto.
Y ahora hay menos
pasión y más kilómetros, más amor y menos tú.
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