La esperé varias horas, allí, sentado en el ventanuco del torreón donde solíamos quedar para querernos un poco más. Empecé a desesperarme, cuando, por fin, oí sus tacones repiquetear sobre las escaleras. La felicidad se agolpó en mi garganta, y a penas me permití respirar. Pero fue un simple ilusión. Lo que ví al posar mis ojos en su rostro, me rompió el alma. Estaba perdida en millones de lágrimas que caían desde sus ojos, y quise calmarla, abrazarla y amarla una vez más, con el cariño más valioso, suave y frágil que puedo ser capaz de ofrecer. Pero en vez de eso, a pesar de las mil y una palabras deseantes de escapar de su boca para hacerme saber lo que daría por estar conmigo, por darme razones a puñados para quererla un poco más, me tendió un papel doblado por la mitad.
- Léela. Lo comprenderás todo.
- ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? No te vayas.
Esbozó para mí la última de sus sonrisas. Pero para mi desgracia, fue una sonrisa llena a tristeza.
- Por favor, no te vayas. Quédate conmigo.
- Adiós.
Y desapareció.
Con su perfume, sus tacones y sus lágrimas escaleras abajo. Y nunca sabré explicar por qué, pero no tuve fuerzas para seguirla. Para detenerla, buscar su mirada llena de un amor cálido, una vez más. Sé que era lo que debí haber hecho. Pero fuí un completo cobarde paralizado en su propio miedo.
Me senté en el ventanuco, y con manos temblorosas, abrí el papel.
"Amor. Eres la razón más real y perfecta por la que ahora mismo no soy parte de la cifra de personas suicidas. Tus sonrisas han sido mis sonrisas. Gracias por compartir tus locuras conmigo. Gracias por hacer que el tiempo vuele a tu lado. Gracias por regalarme sin pedir nada a cambio tantas noches a escondidas. Gracias por llevarme a volandas mientras nos llovía encima. Gracias por ser insistente conmigo, por no rendirte a la primera negación. Sé que fui una tozuda, pero me lograste tener con muy poco. Porque soy tuya. Gracias por tus consejos, que me ayudaron a ver la vida desde otros ojos mucho más felices. Pero sobretodo, gracias por besarme el primer día, porque si no lo hubieras hecho, no habría conocido jamás una verdadera historia de amor. Nuestra historia de amor. Pero hoy, me veo obligada a despedirme de tí. Por desgracia nuestros caminos nunca estuvieron destinados a entrelazarse para poder dibujar un 'para siempre'. Y por eso, me marcho lejos. Lo siento. Sé feliz, te lo suplico."
No me dí cuenta que estaba llorando hasta que la tinta de la carta empezó a correr por el papel, como un río estraviado. La habitación me dió vueltas. El frío de la noche se caló hasta mis recuerdos, congelándolo todo, hasta la razón. Qué digo, nunca tuve de eso.
No, no podía dejar que marchase. ¿Qué sería sin ella? Nada. Soy demasiado egoísta como para pensar en su propio bien, en el mío y en el de los demás. Simplemente, la quiero. No me importa si estamos mejor separados, solo no quiero que esto tenga un fin, como todas las demás historias que nunca valen suficiente la pena.
En un momento me ví subido al ventanuco del torreón, empapándome con la lluvia de Otoño. Y la ví. Corría por el puente como una sombra sin alma, sin vida. Y se iba. De mi lado, se marchaba. Para siempre, esta vez sí. Y no lo acepté, claro que no.
Por un instante, volví a sentirla entre mis brazos, cálida y dulce, como el mejor de los regalos. Sus labios contra mi oído, mi aliento sobre su cuello, y nuestras manos perdidas en un abrazo eterno. Y supe que sin ella, todo volvería a ser inútil. Grité. Lloré.
Y, entonces, me ví acompañando a la lluvia en su caída desde el oscuro cielo. En un segundo, perdí el sentido de gravedad, y el viento me abrazó inseguro. Sentí la libertad de un sentimiento que segundo a segundo me pertenecía menos.
Finalmente, su grito. Un grito envuelto en el terror y en la culpa más terrible que puedas imaginar.VOLÉ. Tan bajo, que no tuve tiempo de creérmelo. Ni siquiera de mirarla por última vez.
Los sucesos fueron rápidos e intermitentes, su rostro que lloraba desesperado sobre mi cuerpo casi inerte, mientras la lluvia se confundía con mi sangre. Y la luna la acompañaba llorando, como nuestro mejor confidente. Sentí sus brazos en un lazo fuerte, en el que sus palabras llegaron dévilmente hasta mis oídos. Unas palabras llenas del amor más perfecto y de futuras promesas que nunca se cumplirían. Gritó al viento, cuando mi mano se aflojó entre las suyas. Me besó. Una última vez. Y entre un diminuto arrepentimiento, el cosquilleo cristalino de la lluvia contra mi rostro, y su voz, me perdí en el mejor de los sueños oscuros. Para siempre.
Y ELLA♥, no me soltó.
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