domingo, octubre 10

Dicen que nunca es demasiado tarde.

Y por quedarse sin voz, nunca dijo lo que debería haber dicho.
Fue un segundo de duda, un instante en el que lo perdió todo. El instante en que lo perdió a él. El instante en que también estuvo a punto de perder el último tren del día.
Una confusión, una triste e inútil confusión que la dejó con un mal sabor de boca. Y todo lo que vino después. 
Quien saboreó aquellos Viernes llenos de caminatas. Sus significativas llamadas en medio de la noche. Todo por lo que tanto soñó. Sí, sueños y noches consumidas en nada. Pero para ella en algún momento fueron importantes. Aunque ahora, ya no sabe ni qué pensar. Hay veces que la vida nos avisa. E incluso no nos deja vivir.
Parece que no está dispuesta a vernos sufrir una vez más, pero no, yo creo que es simple y sencillamente una cuestión de egoísmo. 
De mala suerte. 

Tan pronto como se conocieron y se amaron, acabó. Tan pronto, que no me sorprendió. Tan pronto dejaron de mirarse con el brillo en los ojos. Tan pronto él se perdía, y ella no se encontraba. Dejaron de vivir el uno por el otro. Dejaron de tener sentido, ni explicación. Se culparon agónicamente. Tan pronto como el sentimiento se enfrió. Tan pronto, dejaron de decir tequieros vacíos y etéreos.
- Sé que ya no le quieres. Elíge. 
- No, no voy a elegir. Ni siquiera sé si no le quiero, o simplemente el sentimiento se ha enfriado. 

Fue una despedida. 
Una despedida en la que las palabras no dijeron NADA. 
En realidad ya no existía manera de alcanzarse el uno al otro. 

Y después, les dolió. A los dos. 

Aquí.
A veces, uno cree que todo lo ha olvidado, que el óxido y el polvo de los años han destruido ya completamente lo que, a su voracidad, un día confiamos. Pero basta un sonido, un olor, un tacto repentino e inesperado, para que, de repente, el aluvión del tiempo caiga sin compasión sobre nosotros y la memoria se ilumine con el brillo y la rabia de un relámpago. 

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