jueves, julio 15

Blanquita era frágil, sencilla y desprendía dulzura.

La enamoraba el olor a nuevo de un mueble recién comprado, pero si hablamos de olores, su favorito es el primer sorbo del aroma de su ambientador preferido cuando abría los ojitos por las mañanas.

Olor tranquilo, dulce y anaranjado. Con un pequeño toque azucarado.

Después le seguía la lavanda de su ropa recién lavada, tan suavita como su pelo después de cepillarlo con cariño.

Estas cosas eran las que hacían que Blanquita fuese sencilla.

Los domingos por la tarde solía hacer galletas.

Grandes galletas con una redondez casi perfecta con varias virutas de chocolate.

Sencillas y deliciosas.

-Como tú –le habían susurrado algunos de los soñadores que habían dormido con ella.

Pero ella no se había estremecido al oírlo en su oído.

A Blanquita se le enfriaban los pies por las noches si no se ponía calcetines.

Pero solo si se ponía sus calcetines de lana azul hechos por su abuelita.

Era pura niña.

Pero ninguno de los soñadores se ponían calcetines por las noches como ella.

Otra razón por la que no eran los adecuados.

Pero desde ayer, ella se estremece cuando oye esas palabras en su oído.

Desde ayer por la tarde atardeciente, cuando el sol se ponía color naranjita rosado y se despedía con una sonrisa tímida, alguien prueba esas galletas y arruga los ojitos al reírse.

Desde ayer alguien huele la lavanda de la ropa y suspira aliviado.

Desde ayer alguien se tumba en la cama de Blanquita con un par de calcetines de lana verdes, y los hace rozar con los azules de ella.

Desde ayer Blanquita vuelve a no gastar las horas de la noche en dormir.

Desde ayer, Blanquita ha pasado dos noches con el mismo chico.

- Hace mucho que no me traía cosas dulces a la cama. –susurró Daniel.

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