martes, julio 13

Blanca tenía ganas de comerse sus labios a mordisquitos pequeños.

Daniel dibujaba en sus cuadernos la forma de las ganas que tenía de besarla.

Blanca soñaba con sus ojos oscuros, que sabía desde el principio que tenían algo escondido.

Daniel adoraba esa sensación cuando recordaba el color de sus ojos, ese verde.

Blanca recorría esa línea donde la arena mojada se vuelve seca, solo por el.

Daniel se fumaba un único cigarrillo con una sonrisa en aquel banco, solo por ella.

Blanca ya no probaba la piruleta de caramelo rosa, solo la admiraba de lejos, como a él.

Daniel ya no se interesaba por jugar el típico partido de futbol con sus amigos el viernes por la tarde, sino que se lo imaginaba, como a ella.

Blanca ya no le enseñaba las costuras de sus braguitas a cualquier soñador.

Daniel ya no se molestaba en preparar su maleta para marcharse de viaje.

Blanca ya no dormía pensando en el.

Daniel ya no soñaba por las noches con ella.

Simplemente ella no dormía.

Y el tampoco se dejaba a la inconsciencia.

Blanca lo quería.

Daniel la quería.

Pero ni el ni ella se atrevían a rozarse con la mirada.

¿Porqué? Por el miedo. Miedo del miedo.

Y la añoranza toma el primer papel en esta historia, como siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario