Daniel tiró el último cigarrillo al suelo y observó como se consumía.
Pensaba que tenía que empezar a hacer la maleta pronto, o se le acumularía la tarea.
Los minutos pasaban rápidamente ahí sentado, pero a el no le importaba, de todas formas no tenía nada mejor que hacer.
Entonces, algo pasó por delante suya arrastrado por el viento.
Un pañuelo.
No lo pensó, se levantó y fue a agarrarlo, aunque le costó una buena carrera ya que el viento esa tarde de Noviembre era muy fuerte y traicionero. Además de frío.
Cuando por fin lo agarró, se dio la vuelta en busca de su propietaria.
Una chica delgada y alta de pelo largo, rizado y brillante corría hacía el con una expresión de agradecimiento en su rostro. Aunque también había un atisbo de vergüenza.
Blanca se estremeció cuando reconoció al chico.
Era él.
El chico de la playa.
El chico al que había esperado durante cinco días, pero que nunca apareció.
El chico que era distinto a los demás.
-¿Es tuyo? –preguntó Daniel.
-Sí, gracias.
Entonces, Blanca supo que Daniel no era un simple tipo como todos los que pasaban por su cama.
-¿Y porqué te parece tan interesante ese chico?
-No, no me parece interesante. Me parece perfecto.
-Yo no le veo distinto de todos los demás.
-Yo sí.
-¿Porqué?
-Porque en el primer segundo, antes de cualquier otra cosa, me miró a los ojos.
-Vaya.
[...]
Esa noche Daniel no pudo dormir.
Simplemente le daba vueltas a una cuestión, a un hecho.
Le daba vueltas a un color.
Suena raro, lo sé. Pero Daniel no podía dejar de pensar en ese verde intenso.
El de sus ojos.
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