sábado, mayo 11

Oye ave, no me olvides.

Ave, 
enséñame a abrir las jaulas,
a saber que no está tan alto donde estamos,
que si caigo no dolerá mucho.

Enséñame a volar.

Quiero volar,
el suelo ya es más miedo que suelo.

Oye ave, enséñame a cantar.

Lo intentaré con todo,
en serio.

¿Cómo se ve todo desde allá arriba?
Chiquito, supongo.
No hay temor que no se vea chiquito ya en vuelo.

Oye ave,
mira,
abrí la jaula.

Se ve muy alto.
Muy alto.

¿Ahora qué hago?
Voy a saltar.
Uno…
Dos…


Oye ave, dame tu ala.
Mira, ya estoy volando.




Siempre he hablado del tiempo, de su tendencia a ser a ratos monótono y a ratos imprevisible. He hablado de historias, de abrazos, de personas que son magia y de otras que ni se aproximan. He hablado de recuerdos que duelen con una sencilla mención, también de recuerdos que valdría la pena colgarlos en un cuadro en una habitación. He contado lágrimas, me he reído de mi misma. He mostrado canciones que simbolizan una vida, así como fotografías que son la (mi) vida misma. He hablado de quizás, de miradas en el metro, de un Madrid que todavía tiene que sorprenderme mucho. He hablado de distancias, de el verbo extrañar. He jugado con las palabras, he dicho cosas que no tienen ni cabeza ni pies. He hablado de rotos, de descosidos, de cafés fríos, de intentar y perder o perderme en el intento. He hablado de hacer al mundo arder. De cómo NO congelarse ante la falta de unos brazos en invierno. De perderse... de casi encontrarse.
He hablado de aquellos que te cruzas por la calle y me he preguntado sobre su historia. Me he sentado en bancos, he mirado caras, y luego he venido a contarlo aquí. Le he contado a este blog cosas que no he dicho jamás en voz alta. He escrito cuando quería gritar, no he gritado cuando lo necesitaba hacer. He pedido brindis por lo que he dejado atrás cuando me fui, he dado gracias por lo que encontré cuando llegué.   Cuántas noches de incendios, cuántos incendios de nieve habrá por aquí. Cuántos imposibles, cuántos improbables. Era un esbozo de persona el día que escribí la primera entrada, y hoy, mírénme, soy otro esbozo, pero con más arrugas y más cuentos que contar entre los dedos.
Este blog es el testigo de que saltase al vacío, es el que ahora me ve volando.
Es el ave que me dio su ala. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario