La mañana
que caía sobre el techo de mi pequeño y lúgubre zulo –el cual ocupaba el último
piso de un bloque de los años setenta, semiderruido y con más agujeros que el
queso Gruyere- era tan tibia como el café sin leche que tenía entre las manos.
Mañana de otoño, jueves, quizás.
Si quiera en aquellos momentos sabía el día que pisaba, ahora lo recuerdo vagamente.
Sin embargo, en mi memoria queda la idea de que esa mañana algo de bohemio tenía. Algo se respiraba en su aire –o más bien en su viento- que revoloteaba entre mi pelo.
Pensé que era el cambio de estación, podía ser.
Aquel café sin leche que aún hoy siento su sabor en mi boca, aquel dulzor amargo que desperezaba hasta a un muerto. Aquel café sin una gota de leche sencillamente porque no tenía dinero como para permitírmela, aquel café, se me hizo tan eterno.
La taza pareció crear raíces entre mis dedos, parecía que a cada sorbo se rellenaba el doble.
Qué estupidez –pensé.
Todavía hoy recuerdo el sentimiento de pesadez y aburrimiento que me asaltó entonces. Entonces y cada mañana. Siempre el mismo, siempre en la misma medida.
¿Por qué? Quizás por aquella perspectiva de vida la mía.
Aquello no era vida, -ni mucho menos-, aquello corría ser un runrún monótono que se repetía día a día. Era conocedora al milímetro de qué sorpresas y sucesos me deparaba el día. Hablar de sorpresas era demasiado exagerado, viendo los hechos.
Desayunaría, cepillaría mi desesperante pelo y quizás pintaría levemente los labios, cogería el libro del momento, y saldría con paso decidido pero insinuante y tranquilo hacia el mismo banco del mismo parque, a la misma hora de todos los días.
Me dejaría caer en él, suspiraría una vez más, recorrería con la mirada el amplio terreno que se extendía ante mí, abriría el libro y me perdería entre las letras.
Pero hoy había algo distinto en el ambiente. Era como si la sensación de deja vu de todos los días hubiera salido corriendo asustada por algo. Era una sensación de abandono y cambio, y siempre he sido de las que les da miedo los cambios.
Será el cambio de estación – repetí.
De la misma manera, deposité el café sin leche en la repisa, y me dirigí al baño.
No quise cepillarme el pelo en primer lugar, sino que varié el orden y alargué la mano hacia el pintalabios. ¿A quién le iba a importar?
Si desordenaba el orden tampoco habría un cataclismo en la otra esquina del mundo. No era un suceso que tuviese consecuencias mundiales.
Mañana de otoño, jueves, quizás.
Si quiera en aquellos momentos sabía el día que pisaba, ahora lo recuerdo vagamente.
Sin embargo, en mi memoria queda la idea de que esa mañana algo de bohemio tenía. Algo se respiraba en su aire –o más bien en su viento- que revoloteaba entre mi pelo.
Pensé que era el cambio de estación, podía ser.
Aquel café sin leche que aún hoy siento su sabor en mi boca, aquel dulzor amargo que desperezaba hasta a un muerto. Aquel café sin una gota de leche sencillamente porque no tenía dinero como para permitírmela, aquel café, se me hizo tan eterno.
La taza pareció crear raíces entre mis dedos, parecía que a cada sorbo se rellenaba el doble.
Qué estupidez –pensé.
Todavía hoy recuerdo el sentimiento de pesadez y aburrimiento que me asaltó entonces. Entonces y cada mañana. Siempre el mismo, siempre en la misma medida.
¿Por qué? Quizás por aquella perspectiva de vida la mía.
Aquello no era vida, -ni mucho menos-, aquello corría ser un runrún monótono que se repetía día a día. Era conocedora al milímetro de qué sorpresas y sucesos me deparaba el día. Hablar de sorpresas era demasiado exagerado, viendo los hechos.
Desayunaría, cepillaría mi desesperante pelo y quizás pintaría levemente los labios, cogería el libro del momento, y saldría con paso decidido pero insinuante y tranquilo hacia el mismo banco del mismo parque, a la misma hora de todos los días.
Me dejaría caer en él, suspiraría una vez más, recorrería con la mirada el amplio terreno que se extendía ante mí, abriría el libro y me perdería entre las letras.
Había
perdido la cuenta de cuantas veces había realizado la misma ceremonia.
Era tanta
la rutina que ya lo necesitaba casi tanto como respirar. Pero hoy había algo distinto en el ambiente. Era como si la sensación de deja vu de todos los días hubiera salido corriendo asustada por algo. Era una sensación de abandono y cambio, y siempre he sido de las que les da miedo los cambios.
Será el cambio de estación – repetí.
De la misma manera, deposité el café sin leche en la repisa, y me dirigí al baño.
El espejo
me devolvió el reflejo de una persona extraña, algo no nuevo. Nunca me había
reconocido a mi misma, era una sensación un tanto extraña la cual no podría explicar
con palabras. De todas formas, tampoco tenía a nadie a quien explicárselo.
Pero algo
cambió. No quise cepillarme el pelo en primer lugar, sino que varié el orden y alargué la mano hacia el pintalabios. ¿A quién le iba a importar?
Si desordenaba el orden tampoco habría un cataclismo en la otra esquina del mundo. No era un suceso que tuviese consecuencias mundiales.
O por lo
menos, aquello pensaba yo.
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