Silencio. Todavía era de noche cuando abrió los ojos. Tenía
dentro de sí una leve sensación de abandono. Su cuerpo no era su cuerpo, no tenía
control sobre él.
Una misma idea se movía y daba vueltas en su cabeza, se formaba y deformaba dentro de si mismo.
Una soledad absurda que dibuja un tiempo abstracto. Un tiempo que no llevaba a ninguna parte, días que carecen de sentido. El momento final, tan inminente, le golpeaba la conciencia de una forma brutal.
‘Porque siempre hay un final’ se dijo.
Aferrado a este final, temía saborear al retazo de soledad que venía con seguridad.
Comprendía que en el
ser humano, este final –la muerte- venía aferrado a fuego. En algunos de ellos –se
decía-, el intento inútil de sobreponer esta soledad con la compañía de un
segundo siempre fracasaba. Por que al fin y al cabo, ya en las últimas, la única
que te hace compañía es la soledad.
Un conjunto de palabras que en aquel momento, ya no tenían sentido ni objeto.
Y con esta sensación de abandono, se sumergió en un sopor incandescente.
Una misma idea se movía y daba vueltas en su cabeza, se formaba y deformaba dentro de si mismo.
Una soledad absurda que dibuja un tiempo abstracto. Un tiempo que no llevaba a ninguna parte, días que carecen de sentido. El momento final, tan inminente, le golpeaba la conciencia de una forma brutal.
‘Porque siempre hay un final’ se dijo.
Aferrado a este final, temía saborear al retazo de soledad que venía con seguridad.
Soledad. Soledad. Soledad.
En el fondo sabía que esa extraña sensación de abandono no
era más que el primer síntoma de esa fría y congelada soledad.
Ensimismado, centró su atención en los ruidos ajenos de la
calle. La vida ahí fuera se movía, mientras él se consideraba un punto en el
espacio congelado por la rutina.
Un punto y final, eso era. Un conjunto de palabras que en aquel momento, ya no tenían sentido ni objeto.
Y con esta sensación de abandono, se sumergió en un sopor incandescente.
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