Aquella tarde de brumas y llovizna, Clara Barceló me robó el corazón, la respiración y el sueño. Al amparo de la luz embrujada del Ateneo, sus manos escribieron en mi piel una maldición que habría de perseguirme durante años.
No tienes ni idea la cara de pánico que pones cuando la ves acercarse. Y si te pregunto, lo niegas.
Me gusta andar por la nieve. Y a tí también, o por lo menos, eso gritan tus pupilas. Y sencillamente lo interpreto. Me gusta así, aunque tú ni te des cuenta. Podrías quedarte ahí. Yo vería una película, e incluso podríamos cantarle canciones a Paula.
Pero para nada, porque ella se irá, y ni te dirá adiós.
- Y te me irás. No sé que haré ni qué diré, pero sé que lo harás.
- Pues consígueme.
Sus ojos negros brillaban, como una noche repleta de estrellas.
- ¿Pero cómo? Ya no creo en nada.
- Es sencillo. Solo sé tú.
Desvió la vista, aquella conversación le incomodaba.
- Venga. Que siempre lo tengo que hacer yo todo.
Y sonrió.
Él respiró hondo, y le tendió su mano.
- ¿Querías escapar de aquí, verdad?
Ella dudó un instante. Pero sabía que al final cedería.. y así fue.
- Pero..
-Shh. -la interrumpió- Sabes que quiero conseguirte, además, no muerdo.
Le contempló. Un nudo se agarró a su garganta antes de decir esas palabras.
- Alomejor yo quiero que lo hagas.
Y la besó.

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