Pinta la luna. Color de rosas, tan pálido como el sonido del río. Díbujale las mejillas color viento, como si se ruborizara. Hazle cosquillas en su perfecta curva, solo con la punta de la naríz. Y chíllale, sí, tal y como lo haría el ruiseñor de las mañanas. ¿O era el de las noches? Quién sabe. Un día echó a volar, y pasó del suelo. Me dejó allí, con los labios entreabiertos y un agrio sabor de boca. Y lo observé, durante horas y horas, y me pareció que tiritase de soledad. O quizás fuera mi mullida imaginación, tan risueña y saltarina que inventa cosas para sentirse mejor.
Somos meteorítos callendo sobre un paraguas de playa.
¿Do you believe me? I do.
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