jueves, abril 12

El tiempo no entiende de espera.

Levanta sus pestañas. Evita fijarse en el leve mareo que le ha producido el sueño. Se mira.
Sigue en la misma posición en la que se encontraba antes de desvanecerse. Llega a la tonta y obvia conclusión de que no ha cambiado nada. Ahora mira al frente. Observa el hueco frío y olvidado en que se ha convertido su habitación. Mira el silencio otra vez.
Sus ojos se mueven por el vacío de un lado a otro para fijarse en la ventana. La ventana está aún abierta. La ventana está aún de par en par. Pero ahora la ventana está desnuda.
No hay nadie apoyado en su marco carcomido por la humedad. No hay quien se olvide apoyado en ella, con un cigarro en la mano, mientras la brisa marea su humo. Ya se habían ido todos.
Con ellos los buenos días de Domingo, la mesa para cuatro, la pelea por dejar a la vista la pasta de dientes. Ahora a la ventana le falta su algo.
Casi ni respira. Se le cae la mirada al suelo. Habría jurado que el verde de la pared había estado más vivo. ¿Entonces? Los años, quizás. Con los años el color también se ha ido.
Por el hueco de la ventana entra algo de aire aburrido y empuja un hilo de cabello que ocupaba un lugar que no era el suyo. Le roza. Mejillas, cuello, brazo, piel desnuda. Pasea por donde se le antoja, sin permiso. Ahí afuera la vida crece, se retuerce, gime y vuelve a crecer, el mundo se mueve sin tener en cuenta esa habitación. Ésta parece estár congelada.
Hoy cree que su mente está en color blanco.
Pero de verdad está nublada. De un nublado gris, pajizo. Recuerda que no recuerda nada.
Pero la noche no deja de dibujarse contra la ventana. La mirada se le cae de nuevo al suelo, seguido de un estruendo y un pinchazo en la sien. Espera.
No quiere hacerlo, pero toda la habitación tiene el nombre de la costumbre pintada en la frente.
Algo se rompe. Está amaneciendo.


¿Para qué había esperado?

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