sábado, marzo 31

Vanidad de corazón en soledad que a ratos me pide cariño.

Rubia de la cuarta fila, la balada despeinada de esta noche te la debo a tí.



Háblame de tu portate mal, de tu punto muerto, de tu olor a adicción.
Cuéntame algo nuevo al oido, no me digas nunca la verdad.
Entre el humo de un cigarro mal hecho sobre el sofá de las últimas dos veces te sugiere el tiempo que me mires con ese balanceo de tu devenir.
Amor, amigo que se pierde, que pasa levantando polvo y luego se va.
De no ser capaz de cambiar una copa por un guiño en cualquier garito prefieres inventar y reinventar lo improvisado. Así te conocen todos. Así te conocía yo. Así te vuelvo a conocer.


Que la hora es el principio del final.
Por que hay finales que son cicatriz, otros que te hacen sangrar hasta dejarte seco.
Hay finales que son principio, pero el principio aquí no tiene lugar.
Cuélgate de quien te quiera, no te mueras más que por amor.
No seas historia para nadie que no te eleve un palmo del suelo. Despeinalas a todas y no te quedes con ninguna. Prueba y no falles, que fallar es de otros, no de tí.


Pidiéronme a mi improvisar.
Yo improvisé con tu nombre, yo me caí donde intentaba no tropezar.
Rubia de la cuarta fila, descarrílame el último tren.
Y acabó como esperábamos desde la primera mayúscula. En el bar de la esquina de una de las calles más bonitas de Salamanca, dos víctimas con tres copas y alguna más.


Corazón despejado, despeinado y fabricante de lágrimos de cocodrila para mí.
Tú, todos, algunos, quién da más.
Mi montaña rusa, mis besos de viernes noche, siempre tenías otras cosas en la cabeza,
y yo solo te pido, corazón, vuelve ya, o por lo menos te hayas ido para siempre.

Rubia de la cuarta fila, clorofila de la soledad.



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