Yo era un muchacho hecho a medias, un galán sin porvenir. Me sobraban madrugadas para soñar despierto, noches en vela destapando palabras para regalarte una canción. Se me antojaron muchos silencios que decían demasiado, todo por buscar adjetivos incandescentes que lograsen arañar tu corazón. Todo para que un día me dejases jugar con un mechón de tus rizos de carbón. Ni un San Valentín, ni un sábado colgado de tu carmín, ni doscientas caricias que hagan chantaje a tu corazón. Yo era aquel muchacho, inesperto, que pretendía saber de mil historias. En búsqueda y captura de alguna amante inoportuna que me hiciese desvariar una vez más. Yo, que solía dejar la puerta a medio-cerrar, por si te daba por regresar. O por empezar.
Y al final, siempre era el mismo muchacho destartalado que de amores solo conocía la soledad.
Hasta que una madrugada del mismo verano que no dejó de nevar -por lo mismo el más extraño- te dejaste investigar. Y el encaje ese, el que llevabas siempre oculto, se me antojó tan curioso, que medio loco me dejó.
Muslo de plata, olor a azahar, manera experimentada de manejar mi mano por tierras desconocidas. Rincones de tí, mi gata remilgada.
- Déjame quedar solo esta noche.
Como te abracé, como la abracé, toda una venus de espejo.
Fuiste mi escondite de paz, la misma boca de sal que enseñó la lección que del coma me devolvió.
Mi escondite, mi orden desordenado, tú.
Y allí acabe yo, pintor de ideas a medias; Las palabras se me revolvieron en un sinfín de temblores que me atragantaban hasta el respirar. Tú, tú, musa incomprendida, razón de locura. De la mía.
Y al final, siempre era el mismo muchacho destartalado que de amores solo conocía la soledad.
Hasta que una madrugada del mismo verano que no dejó de nevar -por lo mismo el más extraño- te dejaste investigar. Y el encaje ese, el que llevabas siempre oculto, se me antojó tan curioso, que medio loco me dejó.
Muslo de plata, olor a azahar, manera experimentada de manejar mi mano por tierras desconocidas. Rincones de tí, mi gata remilgada.
- Déjame quedar solo esta noche.
Como te abracé, como la abracé, toda una venus de espejo.
Fuiste mi escondite de paz, la misma boca de sal que enseñó la lección que del coma me devolvió.
Mi escondite, mi orden desordenado, tú.
Y allí acabe yo, pintor de ideas a medias; Las palabras se me revolvieron en un sinfín de temblores que me atragantaban hasta el respirar. Tú, tú, musa incomprendida, razón de locura. De la mía.

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