domingo, septiembre 5

Tanta sinceridad acaba por no ser buena.

Todavía no he cambiado de sitio el ramo de rosas seco. Sigue ahí, inerte, muerto. El coñac ya no me llena. No me calma. Y lloro, lloro. Las lágrimas dejan un rastro brillante y se cuelan en mis labios.

- Tienes gotas de agua resbalando por tu cara. Como… lágrimas.
- Hazme el amor.

El cigarrillo me sabe a poco. Y me aburro. Tanto, que acabo rompiendo las medias con la punta de la colilla. Nacen agujeros, redondos y anchos. Mis manos, las que un día fueron finas y bonitas, hoy tiemblan. Parece que tienen frío. La desesperación puede con la tranquilidad de una mañana de domingo. Los tiempos de calma ahora me parecen etéreos. Tan transparentes como el agua del río.
El humo me sigue tapando la vista, y él no ha vuelto. Aún.
Y algo en la ventana llena de gotas de lluvia me dice que no lo hará.
Odio esperar. No soy nada paciente, lo admito.
Pero yo sigo diciendo que el tiempo pasa demasiado lento…


- No se puede vivir de recuerdos, solo conservamos unos pocos. Te desgastas viviendo de recuerdos. No te llena. Ni siquiera lo recuerdo a él. Es como conocerlo a medias.


Transparentes. Como tú.

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