Once uppon a time, en una pequeña cabaña en medio del campo, después de una atrevida invitación, dos jóvenes enamorados que buscaban un pequeño respiro del mundo.
Ella era bonita, clara, y representaba la fragilidad.
El era atrayente, simpático y traía con él la simplicidad.
Hacía solo tres días que se conocían, y ya creían llevar una vida juntos.
Mismos gustos, mismas respuestas, mismas coincidencias.
Se sentían ellos mismos, no había disimulos, no había secretos.
La cabaña era diminuta, pero traía con ella una sensación de tranquilidad y se veía acogedora.
Alrededor de ella había árboles y más árboles que crecían de un lado para otro sin ningún sentido, hierba que ignoraba la llegada del otoño por su color verde vivo, y como no, una enorme luna llena y brillante que los observaba con envidia.
Al principio, la vergüenza pudo con ella. Se sentó en una hamaca en el porche, mientras escuchaba el sonido de la brisa al chocar en su piel.
Él entró dentro, y salió unos minutos después con dos tazones de chocolate caliente recubierto de esponjosas y dulces nubes rositas, y sobre sus brazos, dos mantas.
Ella sonrió y su pelo se revolvió en el aire.
Pero como ella no se conformaba con cualquier cosa, cogió la manta más grande y más gordita, y salió del porche. La puso sobre la hierba fresquita y se sentó sobre ella.
Él la siguió con las dos tazas de chocolate en las manos.
Media hora más tarde, los dos seguían allí tumbados, con el estómago lleno de algo más que de chocolate caliente y nubes, lleno de mariposas que revoloteaban haciendo cosquillas.
Miraban el cielo lleno de estrellas que parpadeaban e intentaron buscar formas.
-¡Una estrella fugaz! –exclamó Blanca al ver un brillo fugaz pasar sobre ellos.
-Pide un deseo –le susurró Daniel en el oído.
Los dos lo hicieron.
-¿Qué has pedido?
-Si se dice, no se cumple – la regañó.
En el ambiente había un rastro de tensión que los dos intentaban evitar desde hace rato, pero cada segundo que pasaba se hacía más evidente.
Ella levantó la cabeza y lo miró mientras el intentaba no prestar atención. Sus ojos estaban anegados de lágrimas.
-No será mucho tiempo, Blanca.
-Lo suficiente como para sentirme sola.
Debido a su trabajo, Daniel debía viajar mucho, y aquella era su última noche juntos.
-No será así. Te llamaré todos los días y verás que el tiempo pasa rápido y dentro de nada estamos de nuevo aquí, durmiendo sobre una manta en medio del campo. Los dos juntos.
-Lo prometes. –No era una pregunta.
Después de unos minutos en silencio, Daniel señaló al cielo, y susurró:
-Blanca, aquello parece un corazón.
A la mañana siguiente, ella esperaba despertar sobre la manta, debajo del cielo despejado y agarrada de la mano de él.
Pero despertó sobre la diminuta cama de la más todavía diminuta cabaña, con dolor de espalda y sin el calor de una mano agarrada a la suya.
Estaba sola.
Él ya se había marchado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario