lunes, julio 12

Smileee.

Blanca salió de su pequeño rincón secreto.
Pensaba que hacía mucho que alguien no se dignaba a mirarla a los ojos.
Llevaba su típico bolso decorado con dibujitos sin sentido lleno de más cosas sin sentido, su chaqueta larga negra de todos los días y la misma serie de ropa interior de encajes y volantes que solía gastar para complacer a todos los soñadores de San Francisco.
Ese día Blanca brillaba más que otros días.
Su pelo almendra estaba recogido en una cola alta desde la que colgaban sus bucles ondeantes. Ese día se había echado el perfume caro que le regaló uno de tantos amantes.
Sus botas negras pisaban los charcos con energía mientras su falda muy corta ondeaba con el viento estival en una mañana de Noviembre. Jugaba con el tiempo como una niña pequeña.

Era frágil y a la vez dura como la piedra.

Blanca adoraba bajar una cuesta corriendo mientras el aire con fuerza le daba en la cara y en el pelo, como si quisiera que retrocediera los pasos ya dados.
Lo hizo.
A Blanca le gustaba entrar en el parque y darle patadas a las montañas de hojas caídas de los árboles para que volaran con el aire alrededor de ella.
Lo hizo.
A Blanca le gustaba subirse a los columpios y impulsarse muy fuerte, para llegar alto y soltarse las manos mientras que comía una piruleta de caramelo rosa.
Lo hizo.
A Blanca le gustaba acercarse al lago solitario y hacer rebotar las piedras planas sobre la superficie del agua mientras sonreía como una boba.
Lo hizo.
A Blanca le gustaba imaginarse dentro de una película romántica, junto con el protagonista guapo paseando del brazo mientras pensaba que daba gusto estar enamorado.
Pero eso era algo menos fácil.

Blanca siguió gastando los últimos instantes de felicidad mientras creía que era la niña de hace años que algún día soñó con ser princesa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario